La verdad es que no hacía frío. Y era mediodía. Pero claro: una cosa es estar en la costa, y otra muy diferente tirarse al agua a fines de julio para nadar en aguas frías como las del río Uruguay en esta época.
Pablo Dutouor (42) y Juan Pablo Araújo (53) tienen esa “locura” a flor de piel, y la culpa es de la pandemia, cuando muchos nadadores optaron por nadar en aguas abiertas ya que los clubes habían cerrado sus puertas. Por acá, no son muchos los que se animaron en su momento, y tampoco los que continúan realizando la actividad.
Pero estos dos nadadores sanduceros no aflojan.
“Es una experiencia única, desde el contacto con la naturaleza y el contacto interior de cada uno, desarrollando una actividad que, si bien es física, implica una experiencia en lo mental bastante amplia”, dijo Dutour, mientras que Araújo sumó que “conlleva una actividad física y mental que, para los que la desarrollamos, es muy difícil de explicar al que no la realiza, todos los días que nos tiramos es diferente, desde cómo esté el clima, el agua y cómo esté uno mismo en ese momento”.
Los dos se suman a la premisa de que “el agua soluciona todo, es nuestro psicólogo”, y sienten satisfacción también por lo que se contagia, porque “la gente nos tilda de locos y después terminan admirando lo que realizamos y algunos se animan a practicarlo”.
¿Por qué nadar en invierno? Porque admiten que “nadar en aguas frías es todo lo contrario a lo que la gente puede pensar, aquello de que te vas a enfermar. El nado estimula nuestro sistema inmune en el momento en el que nuestro cuerpo entra en contacto con el agua fría, volviéndolo más fuerte, por lo que estará mejor preparado ante infecciones y virus. Recarga el metabolismo, ya que el tejido adiposo marrón se ve en la necesidad de mantener la temperatura corporal, implicando un mayor consumo calórico”.
Pero más allá de los beneficios, “disfrutamos el hacerlo, compartir la experiencia con los que hacen lo que a uno le gusta”, dijeron tras nadar con el agua a 13 grados (“hemos nadado con el agua a 8”) y solo con malla y gorra.
La pregunta del millón es: ¿de verdad no sienten frío? Dutour y Araújo aseguran entre risas que “todo funciona como un ritual: comienza antes de salir, tener todo pronto para el nado, desde los lentes hasta él te caliente”.
“Uno llega al lugar de nado… Acá, por ejemplo, nuestro recorrido es de la playita del Remeros hasta muelle Aníbal Sampayo ida y vuelta, a medio día generalmente. Nos cambiamos con un clásico poncho que usamos de cambiador, luego al entrar al agua cada uno se toma su tiempo para comenzar el nado, ya que el choque con el agua fría produce una hiperventilación y se debe normalizar la respiración. Mojarnos el cuerpo y cuando uno esté cómodo, comenzar el nado. Nadando uno no se acuerda de cómo está el agua y realmente no se siente el frio, pero el post nado es cuando uno debe cuidarse más, secarse, abrigarse e ingerir algún liquido caliente que ayude a que el cuerpo recupere la temperatura”.
La experiencia, aseguran, es inigualable. Es que, para ambos, “nadar en aguas frías termina siendo equilibrio perfecto entre un reto mental y físico, con múltiples beneficios para la salud”.
