La culpa es de Bielsa.
De la falta de gol, de las lesiones, de los errores individuales, de los goles regalados, de los referentes que no aparecieron, de los que estaban lesionados, de los que no llegaron, de los que llegaron tocados y hasta de los que no estaban en la lista.
La culpa es de Bielsa porque Uruguay quedó eliminado en la primera fase del Mundial 2026. Y eso, claro está, es un fracaso. Porque el objetivo no era volver tan temprano, mucho menos después de una serie que, al menos en los papeles, parecía accesible.
Pero no nos hagamos los distraídos. A Bielsa lo empezaron a eliminar y maltratar bastante antes de que Uruguay quedara afuera. Tuvo desde el comienzo una campaña inusualmente violenta en su contra, prácticamente desde que llegó a nuestro país.
Desde la Copa América, y sobre todo después del incendio que provocó Luis Suárez, buena parte del ambiente ya tenía el veredicto escrito. Faltaba el expediente, nada más. El culpable era Bielsa. Por parco. Por distante. Por no mirar a los ojos. Por no cebar mate. Por no preguntar por la familia. Por no saludar como algunos creen que debe saludar un entrenador. Por no ser simpático. Por no hacer prensa individual. Por decir cosas incómodas sobre el periodismo. Y, sobre todo, por intentar cambiar algo.
La culpa es de Bielsa porque se le ocurrió creer que Uruguay podía jugar de otra manera. Que podía presionar alto. Que podía defenderse con la pelota. Que el jugador uruguayo no tiene por qué se picapedrero. Que podía atacar sin renunciar a competir. Que podía exigirle otra cosa al futbolista uruguayo, al que se le exige afuera y cumple sin chistar. Que podía exigirle incluso cuando el futbolista uruguayo muchas veces prefiere que le hablen de la historia antes que del presente.
La culpa es de Bielsa porque quiso entrenar. Mucho. Exigir. Mucho. Analizar. Mucho. Y eso, en un país donde todos sabemos cómo se gana hasta que hay que ganar, suele ser imperdonable.
También tiene la culpa por no hacerle caso al hincha, ese que se nutre de personajes poco creíbles pese a que se lo demuestran todos los días. Esos personajes con micrófono que están acostumbrados a inventar situaciones incomprobables, precisamente porque Bielsa (siempre Bielsa), trabaja en silencio y sin mostrar nada para afuera.
La culpa es de Bielsa porque los mejores jugadores son los ausentes, los lesionados, los suplentes o los que todavía no debutaron.
La culpa es de Bielsa por poner a Muslera, que venía de una enorme temporada en Estudiantes, cuando Rochet no llegaba en condiciones. La culpa es de Bielsa por los errores puntuales que terminaron en goles. Por cada pelota perdida, por cada mal cierre, por cada decisión individual mal tomada. Todo, absolutamente todo, fue culpa del entrenador.
Incluso cuando Uruguay generó 27 llegadas ante Arabia Saudita, 17 ante Cabo Verde y controló durante buena parte del partido a España; también fue culpa de Bielsa porque no alcanzó. Y cuando no alcanza, siempre es más cómodo encontrar un solo responsable que mirar todo lo demás.
La culpa es de Bielsa por sacar al capitán ante España. Dijo que buscaba hacer al equipo más ofensivo, pero la sentencia ya estaba escrita: quiso humillarlo. A Federico Valverde, el mismo jugador que se alaba cada fin de semana en el Real Madrid, pero que en este Mundial pasó demasiado poco por la selección. Como le pasa cada vez que se pone la Celeste. También de eso tiene la culpa Bielsa, por supuesto.
La culpa es de Bielsa porque no encontró en tres años figuras mundiales que no existen. Porque no fabricó desnivelantes donde no los hay. Porque no convirtió una generación buena en una generación brillante. Porque no hizo aparecer, por arte de magia, aquello que Uruguay cree tener cada vez que mira hacia atrás.
Y ahí está el problema.
Uruguay no fracasó por Bielsa. Uruguay fracasó porque cometió errores que se pagan caros en un Mundial. Porque no tuvo gol. Porque no sostuvo ventajas. Porque jugadores importantes no aparecieron como se esperaba. Porque hubo futbolistas lesionados, otros lejos de su mejor versión y decisiones discutibles, sí, también del entrenador.
Pero reducir todo a Bielsa es demasiado fácil. Casi tentador.
Pero es uruguayo.
Porque la culpa de Bielsa, en realidad, fue otra: creer que el fútbol uruguayo estaba preparado para discutir el futuro sin esconderse en el pasado.
Creyó que se podía intentar otra cosa. Que la historia servía como respaldo, no como excusa. Que Uruguay podía dejar de repetir lo que fue y empezar a preguntarse qué quiere ser. Que no alcanza con invocar la garra, ni con defender bajo y tirar la pelota larga para que alguien se arregle.
La culpa es de Bielsa por haber llegado a un país que habla de cambio hasta que el cambio toca la puerta. Ahí molesta. Ahí incomoda. Ahí se vuelve sospechoso.
Seguramente se equivocó. Seguramente nucho menos de lo que dicen algunos, bastante más de lo que dirán sus defensores. Pero se equivocó intentando mover algo. Y en Uruguay, a veces, eso es más grave que perder.
Por eso, sí: la culpa es de Bielsa.
Por haber creído que se podía escribir una historia nueva en un lugar donde todavía demasiados prefieren vivir de la vieja. Porque es menos esfuerzo.
Santiago Balbis
