
Folarin Balogun estaba afuera del partido ante Bélgica. O al menos eso era lo que marcaba la lógica.
El delantero de Estados Unidos había sido expulsado en el triunfo 2 a 0 ante Bosnia y Herzegovina. Vio la roja después de una revisión del VAR, por una infracción sobre Tarik Muharemovic. La jugada fue discutida desde el primer momento, porque para muchos no hubo mala intención: Balogun pisó al rival, pero pareció una acción más accidental que violenta.
Igual, la roja fue roja. Y en un Mundial, una expulsión trae una consecuencia directa: un partido de suspensión.
Por eso el delantero estadounidense, que venía siendo una de las figuras de su selección, tenía que perderse el cruce de octavos de final frente a Bélgica. Era una baja enorme para el equipo local, porque Balogun ya había convertido tres goles en el torneo y era una pieza clave en el ataque.
Pero entonces apareció FIFA. En una decisión poco común, el organismo resolvió suspender la sanción de Balogun y habilitarlo para jugar ante Bélgica. No le quitó la tarjeta roja del historial, sino que dejó sin efecto por ahora el partido de suspensión. La sanción queda en suspenso durante un año. Si el jugador vuelve a cometer una infracción similar en ese plazo, la pena podría activarse nuevamente.
La explicación reglamentaria está en el artículo 27 del Código Disciplinario de FIFA, que permite suspender una sanción de manera total o parcial bajo determinadas condiciones. Pero lo llamativo es que, apenas unos días antes, se había manejado que la suspensión automática por roja no tenía apelación posible.
Ahí empezó el ruido. Porque una cosa es revisar una jugada. Otra, cambiar el efecto de una tarjeta roja en plena Copa del Mundo, a horas de un partido de octavos de final, y justo cuando el beneficiado es Estados Unidos, uno de los países organizadores del torneo.
Y como si faltara algo para que todo pareciera todavía más extraño, apareció Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos agradeció públicamente a FIFA por la decisión. Según medios internacionales, Trump incluso habría hablado con Gianni Infantino, presidente de FIFA, para plantear el caso de Balogun. Después, celebró que el organismo hubiera corregido lo que consideraba una injusticia.
A esta altura, el fútbol moderno ya parece no sorprenderse con nada. Hay VAR, chips en la pelota, líneas milimétricas, pausas eternas, decisiones que tardan varios minutos y goles que se festejan con miedo. Pero que un presidente de Estados Unidos agradezca públicamente a FIFA por habilitar a un jugador suspendido antes de un partido decisivo ya entra en otro terreno.
El caso es una locura por donde se lo mire.
Desde lo deportivo, Estados Unidos recupera a su delantero más importante para enfrentar a Bélgica. Desde lo reglamentario, FIFA usa una herramienta que existe en su Código Disciplinario, pero lo hace en un momento muy sensible y con una decisión que no suele verse en medio de un Mundial. Desde lo político, la intervención o el simple agradecimiento de Trump le agrega una capa de sospecha imposible de ignorar.
Bélgica, claro, no quedó nada conforme. Y es entendible. Porque si un jugador propio hubiera sido expulsado y sancionado, difícilmente esperaría que FIFA le levantara la pena antes del siguiente partido. Mucho menos si enfrente está uno de los anfitriones del Mundial.
La pregunta no es solo si Balogun merecía o no jugar. La jugada fue discutible, y muchos creen que la roja fue exagerada. La pregunta es otra: ¿todos los jugadores y todas las selecciones tienen la misma posibilidad de que FIFA revise una sanción de esta manera?
Ahí está el problema. Porque el fútbol necesita reglas claras. Si una roja directa implica un partido de suspensión, tiene que quedar claro cuándo se puede suspender esa pena, por qué motivo y con qué criterio. Si no, cada decisión queda expuesta a la sospecha. Y cuando la política aparece cerca, la sospecha crece todavía más.
Balogun podrá jugar ante Bélgica. Estados Unidos recupera a uno de sus mejores jugadores. FIFA dice que actuó dentro del reglamento. Trump agradece. Bélgica protesta. Y el Mundial suma otro capítulo raro, de esos que ya no se explican solamente con la pelota.
Puede ser que la roja haya sido injusta. Puede ser que Balogun no haya tenido mala intención. Puede ser que FIFA haya encontrado una salida reglamentaria válida.
Pero también es cierto que la imagen que queda es difícil de defender.
Porque en un Mundial donde el anfitrión recupera a su goleador suspendido después de una decisión inesperada de FIFA, y donde el presidente de ese país sale a agradecer públicamente, el fútbol vuelve a quedar en un lugar incómodo.
Y otra vez, como tantas veces en este torneo, la pelota parece ser apenas una parte de la historia.
