
Antes de enseñar una caída, una toma o una proyección, Mario Larrosa tuvo que superar una prueba mucho más importante: ganarse la confianza del grupo.
El entrenador está al frente de las clases de judo que se desarrollan en Asdopay, donde niños, jóvenes y adultos con síndrome de Down encontraron una actividad que combina ejercicio, aprendizaje, disciplina y convivencia.
“Primero observé sus comportamientos individuales y colectivos, y algo no menor fue que me aceptaran. Después fue mucho más fácil transmitir los valores de este deporte”, contó.

Ese primer acercamiento marcó el comienzo de un trabajo que se adapta a las posibilidades de cada alumno. No todos aprenden de la misma manera ni avanzan al mismo ritmo. Por eso las técnicas se muestran paso a paso, se dividen en movimientos más sencillos y luego vuelven a unirse mediante la repetición.
“El judo es un deporte de contacto. Se puede practicar de manera individual, con un compañero o en grupo. Las clases pueden ser intensas o lúdicas, como lo hacemos aquí, con chicos divertidos”, explicó Larrosa.
El cuidado es una parte fundamental de cada clase. Se eligen ejercicios que puedan realizarse sin riesgos, con especial atención en la zona cervical. Antes de intentar cualquier proyección, los alumnos deben aprender a caer.
“Les enseñamos a caer hacia atrás, hacia adelante, de costado y también rodando. Una vez que aprenden el movimiento, el desequilibrio y la entrada, proyectamos al compañero sobre colchones”, detalló.

No se trata solamente de coordinar mejor los movimientos, ganar fuerza o trabajar el equilibrio. El judo también exige esperar, escuchar, respetar al compañero y cumplir determinadas pautas. Y allí aparece buena parte del valor que tiene la propuesta.
Larrosa entiende, además, que algunos de los participantes pueden dar un paso más e incorporarse en algún momento a la competencia.
“Lo que buscamos es insertar a algunos de estos chicos en el mundo del deporte competitivo. Tal vez no sean todos los que lleguen a cumplir con el orden, la disciplina y la exigencia que se necesitan, pero seguro alguno lo hará. Y otros se van a contagiar”, afirmó.
El entrenador ya tuvo algunas experiencias que le permitieron comprobar que esa posibilidad no está lejos. A su entender, el judo ofrece condiciones especialmente valiosas para trabajar dentro del deporte inclusivo.
“El judo debe ser inclusivo. En esta área es uno de los deportes que más ha crecido”, señaló.
Pero la competencia no es el único horizonte. Ni siquiera el principal.

En Asdopay, el avance también se mide en la forma de relacionarse, en la confianza que gana cada alumno y en la construcción de un grupo que aprende a compartir.
“Mi trabajo es mejorarles la ruta de convivencia, lograr un grupo unido y con respeto mutuo. Que llegue el fin de semana, se vayan contentos a sus casas porque es el último taller que tienen, y que vuelvan el lunes con ganas de compartir nuevas experiencias con sus compañeros”, resumió Larrosa.
En ese regreso de cada lunes aparece buena parte del resultado. El judo enseña a caer y a levantarse, pero también puede ayudar a encontrar un lugar, sentirse parte y animarse a avanzar.
