


“Estoy fundido. Todo lo vivido allá, el viaje largo, extenuante, entre vuelo y vuelo… Pero viví el sueño que siempre quise vivir. Tuve la posibilidad, y por suerte disfruté todo”.
El resumen de Jacinto Rivero, tras haber participado en el Spartathlon 2025, es simplemente mágico. Y derriba por completo la idea de que el deporte se mide solo en resultados.
Porque si bien no logró completar los 246 kilómetros de la mítica prueba, cumplió el sueño de formar parte de la élite del ultrafondo, en la competencia más prestigiosa del mundo en esta modalidad: la que une Atenas con Esparta, hasta los pies del monumento al rey Leónidas.
“Es lo mejor que existe en cuanto a ultrafondo. Es increíble, espectacular. Todo: desde la organización hasta el profesionalismo con el que se manejan, cuidando cada detalle de los atletas desde que llegan hasta que se van”, contó el sanducero a Chicos las Pelotas tras su participación en esta carrera que recrea la hazaña del ateniense Filípides, quien en el año 490 A.C. corrió desde Atenas a Esparta para pedir ayuda ante la invasión persa.
Rivero aseguró que “la carrera en sí es un recorrido espectacular, durísimo por la geografía, subiendo y bajando esas montañas inmensas, pero sumamente disfrutable”.
El esfuerzo fue enorme, al punto que —según comparó— “solo una de las montañas que subimos era como subir nueve veces el Cerro San Antonio”.
Apenas comenzó la competencia, se sintió muy bien. El árbitro de fútbol y profesor de matemáticas había planificado un inicio fuerte, para luego administrar la ventaja según la respuesta del cuerpo. Pero las cosas no salieron como esperaba. “En la segunda mitad venía lo más duro, tanto por el trayecto como por la fatiga acumulada. Venía bien, pasé los controles, pero a los 120 kilómetros empecé a sentir una leve molestia en los cuádriceps”, recordó.
Pensó que podría soportar el dolor —“porque a esa altura uno siempre empieza a sentir”—, pero al llegar al kilómetro 135 el dolor se volvió insoportable. “Subir la montaña era pesado, pero bajarla era insoportable, porque los cuádriceps hacían más fuerza y dolía muchísimo”.
A esa altura, el tiempo a favor comenzó a esfumarse: solo podía caminar. “No aguantaba ni 100 metros de trote”, contó. Incluso, por primera vez en su carrera, vio cómo sus músculos se inflamaban visiblemente.
El cuerpo pedía parar. “Tenía que tomar una decisión. Si hubieran faltado menos kilómetros, quizás me aguantaba hasta el final. Pero todavía quedaban casi 100, y proyectando el ritmo era muy complicado poder llegar. Así que me bajé en el kilómetro 143”.
Aun así, el balance fue más que positivo. Quizás no con el final imaginado, pero sí con la certeza de haber estado a la altura del sueño. “Estar ahí, con los mejores ultrafondistas del mundo, me llena de satisfacción. Aprendí mucho. Uno gana mucho en estas experiencias, aunque no haya llegado a los pies de Leónidas. Todo esto me motiva a seguir”, confesó.
“Es durísimo llegar a esa línea de partida. Lleva muchísimo esfuerzo. Y aunque no estoy conforme por no haber alcanzado el objetivo principal, estoy contento”, reconoció al hacer balance.
Ahora, es momento de asimilar lo vivido y pensar en nuevos desafíos.
“Hay que cerrar el capítulo del sueño cumplido, pasar raya a la experiencia de haber estado en el mejor ultramaratón del mundo y de haber compartido momentos con los mejores. Ese es el gran triunfo que me traje. Estuve ahí; no completé la carrera, pero estuve”, destacó.
Y ya tiene en mente su próximo reto: “tengo que ponerme un nuevo objetivo para motivarme, retomar los entrenamientos y planificar en base a todo lo que aprendí. Quiero volver al Spartathlon, aunque no será el próximo año porque queda poco tiempo para clasificar y no hay competencias cerca”.
Pero quedarse quieto no está en sus planes. “En 2026 quiero participar en el ultramaratón de seis días que se realiza en Hungría”, adelantó.
Y sí, es Jacinto: siempre corriendo.
