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Mundial 2026

¿Y si Uruguay no puede jugar mucho mejor?

Last updated: junio 22, 2026 7:38 pm
Chicos las Pelotas
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El lamento de Valverde tras desperdiciar una clara ocasión de gol
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La pregunta incomoda, pero quizá haya que hacerla. Porque después de los empates ante Arabia Saudita y Cabo Verde, la frase que más se repite es que Uruguay “tiene que jugar mejor”. Y sí, claro que tiene que jugar mejor. Pero tal vez el análisis de fondo sea otro: ¿cuánto mejor puede jugar este Uruguay hoy?

Contenido
Ese Uruguay que ya supo jugar bienUn equipo que no llegó enteroEl recambio también pesaLa camiseta, la historia y el presenteNo parece faltar entregaLas individualidades también condicionanBielsa, los jugadores y algo más profundoUna selección que también refleja al paísCreer, pero mirando de frenteEl viernes jugará este Uruguay

No se trata de bajar la vara, ni de justificar todo, ni de mirar para otro lado. Uruguay hizo apenas dos puntos de seis ante rivales que, en la previa, parecían totalmente ganables, pero no por eso fáciles como se decía. Quedó obligado a ganarle a España para clasificar sin depender de nadie. Y eso, para una selección como la uruguaya, es poco. Muy poco.

Pero una cosa es exigir, y otra es exigir desde una idea equivocada de lo que Uruguay tiene hoy.

Ese Uruguay que ya supo jugar bien

Este mismo Uruguay supo jugar bien con Marcelo Bielsa. No hay que olvidarlo. Supo competir, presionar, atacar, incomodar y ganar partidos grandes. Le ganó a Brasil en Montevideo y a Argentina en La Bombonera, nada menos. No fue una ilusión inventada ni un entusiasmo pasajero: hubo una versión de Uruguay que convenció, que ilusionó y que puso la vara alta.

Por eso la pregunta no es si puede jugar bien. Ya demostró que puede. La pregunta es por qué hace tanto le cuesta volver a ser ese equipo.

Y ahí aparecen varias capas. Lesiones, bajones individuales, falta de continuidad, futbolistas que no llegaron en su mejor momento, un recambio que todavía está en proceso y una exigencia histórica que muchas veces pesa más de lo que empuja.

Un equipo que no llegó entero

Uruguay no llegó bien al Mundial. Llegó con jugadores importantes tocados, otros directamente afuera o limitados, y con una sensación de equipo que había perdido frescura. Y eso se siente.

Porque Uruguay no tiene 40 futbolistas de elite para elegir. Nunca los tuvo. Su fortaleza histórica fue otra: competir mejor que muchos, formar sociedades, potenciar rendimientos, sostener una identidad, hacer que el conjunto valiera más que la suma de los nombres. Pero para que eso ocurra, las piezas tienen que estar bien. Y hoy no todas lo están.

El recambio también pesa

También hay que mirar el recambio con más honestidad. No es lo mismo hablar de Uruguay con Luis Suárez y Edinson Cavani en plenitud que hablar de este Uruguay. No es lo mismo tener delanteros que durante años fueron referencia mundial, con peso propio, gol, jerarquía y carácter competitivo probado, que apoyarse en una generación nueva que todavía está construyendo su lugar.

Darwin Núñez no es Suárez. Canobbio no es Cavani. Maxi Araújo no es Forlán. Eso no debería decirse como crítica destructiva, sino como punto de partida para pensar mejor. Son otros jugadores, con otras virtudes, otros límites, otros tiempos y otra espalda.

La camiseta, la historia y el presente

Y quizás ahí esté una parte del problema. A Uruguay muchas veces se le exige desde la camiseta, no desde el presente. Se mira la historia, se mira lo que fuimos, se mira la mística, se mira la garra, se mira el peso de la Celeste, y desde ahí se le reclama a este grupo que responda como si tuviera encima a todas las generaciones anteriores.

Pero esos jugadores no son responsables de 1950. No son responsables de la generación de Suárez, Cavani, Godín, Lugano, Forlán y compañía, que fueron cuartos en Sudáfrica 2010 y ganaron una Copa América. No son responsables de sostener una épica eterna cada vez que entran a una cancha.

La historia debería ser trampolín, no mochila. Debería servir para impulsarlos, para alimentar una identidad positiva. Pero cuando la historia se transforma en obligación permanente, empieza a aplastar. Y ahí el hincha también juega su partido: muchas veces exige desde la nostalgia o hasta de la frustración propia, no desde la realidad.

No parece faltar entrega

La frase “hay que meter más huevo” se queda corta. Y quizá también sea injusta. A esta selección no parece faltarle entrega. Corre, presiona, va, insiste, busca. El problema no parece ser que no quiera. El problema es que muchas veces no puede, no sabe o no encuentra cómo.

Y eso es más difícil de aceptar.

Es más cómodo decir que faltó garra que asumir que tal vez no hay tantas soluciones individuales como creemos. Es más fácil pedir “huevo” que reconocer que el fútbol actual también se gana con claridad, pausa, jerarquía en las áreas, toma de decisiones y futbolistas capaces de resolver cuando el plan colectivo se traba.

Las individualidades también condicionan

Uruguay tiene jugadores muy buenos. Algunos están en clubes importantes. Un par se mueven en la verdadera elite del fútbol mundial. Federico Valverde es el caso más claro: en Real Madrid es un futbolista de primer nivel, indiscutido, potente, moderno, completo. Pero en la selección no termina de ser ese jugador determinante que todos esperan.

Y ahí aparece otra pregunta incómoda. ¿Es responsabilidad de Valverde? ¿Del sistema? ¿Del contexto? ¿De la presión? ¿Del entrenador? ¿De la falta de socios? ¿De todo un poco?

Porque las individualidades hacen al equipo. No lo explican todo, pero lo condicionan. Y cuando las individualidades que deberían marcar diferencias no lo hacen, el equipo se achica. Cuando el delantero no define, cuando el volante no conduce, cuando el zaguero no está, cuando el creativo llega lesionado, cuando el lateral falta, la idea se debilita.

Bielsa, los jugadores y algo más profundo

Bielsa tiene responsabilidad, claro. Es el entrenador. El equipo no encontró respuestas suficientes ante Arabia Saudita ni ante Cabo Verde. Los cambios, las decisiones, la estructura, la administración de los momentos y la capacidad para corregir durante los partidos también forman parte del análisis.

Pero reducir todo a Bielsa sería demasiado cómodo. Como también sería demasiado cómodo reducir todo a los jugadores.

El tema parece más profundo. Uruguay está en una transición. Y las transiciones duelen, sobre todo cuando se hacen con la historia respirando en la nuca. Este equipo joven carga con una expectativa enorme, pero todavía no tiene la madurez ni la jerarquía consolidada de la generación anterior. Basta repasar nombre por nombre. Tiene talento, sí. Tiene futuro, probablemente. Pero no necesariamente tiene hoy todo lo que se le exige. Incluyendo a ese referente que lleva la voz cantante y se pone el equipo al hombro más allá de lo futbolístico, el que puede absorber la presión.

Una selección que también refleja al país

Y quizás también sea reflejo de algo más amplio. De un país que muchas veces les exige a sus nuevas generaciones que sostengan glorias que no vivieron. Que les pide carácter, pero no siempre les da contexto. Que les reclama respuestas inmediatas, pero no siempre acepta los procesos. Que se emociona con la historia, pero le cuesta mirar el presente sin compararlo con lo que ya no está.

La selección no está afuera de eso. Es parte de eso.

Por eso este Mundial golpea tanto. Porque Uruguay no solo estará jugando contra España, contra la tabla o contra sus rivales del grupo. También estará jugando contra una imagen idealizada de sí mismo. Y, pese a todo, todavía sigue de pie.

Creer, pero mirando de frente

La Celeste sigue viva. Y puede ganarle a España, porque tiene futbolistas y porque ya demostró que con Bielsa puede competir en partidos grandes. No sería la primera vez que este equipo responde cuando el escenario parece más difícil. De hecho, sus mejores actuaciones del ciclo aparecieron ante rivales de enorme peso.

Pero para creer de verdad, también hay que mirar de frente lo que pasa. Uruguay no viene jugando bien. No llegó en su mejor momento. Está golpeado por lesiones. Tiene jugadores importantes lejos de su nivel. Y carga con una exigencia que muchas veces se parece más a una condena que a un impulso.

El viernes jugará este Uruguay

Tal vez Uruguay pueda jugar mejor. Seguramente pueda jugar mejor. Pero quizá no mucho mejor si se le sigue pidiendo que sea algo que hoy no es.

El desafío ante España será futbolístico, pero también emocional. Jugar con urgencia sin desordenarse. Competir sin sentirse aplastado. Usar la historia como empuje, no como peso. Entender que la camiseta importa, pero no juega sola.

Uruguay no necesita que le pidan más garra. Necesita claridad, confianza, funcionamiento y una mirada más honesta sobre sí mismo.

Porque la historia está. La historia siempre está. Pero el viernes no jugará la historia. Jugará este Uruguay.

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