
Para comprender todo lo que representa un Argentina-Inglaterra hay que salir por un momento de la cancha.
La rivalidad futbolística ya había comenzado a construirse mucho antes, especialmente a partir del polémico partido del Mundial de 1966. Pero desde la guerra de las Malvinas, librada entre abril y junio de 1982, cualquier enfrentamiento deportivo entre representantes de los dos países comenzó a tener para los argentinos una carga diferente.
La guerra dejó 649 militares argentinos muertos y una herida profunda en una sociedad que había sido enviada al conflicto por la última dictadura militar. Por eso, aunque ningún triunfo deportivo pueda reparar una guerra ni devolver las vidas perdidas, los partidos frente a Inglaterra adquirieron una dimensión simbólica inevitable.
No se trata únicamente de fútbol. En Argentina, enfrentar a los ingleses despierta recuerdos familiares, reclamos de soberanía y una sensibilidad que atraviesa generaciones. Para muchos, ganar representa una pequeña revancha emocional: una manera deportiva, y por supuesto incomparable con un conflicto armado, de imponerse al país que derrotó a Argentina en 1982.
Ningún futbolista expresó esa sensación con tanta claridad como Diego Maradona.
Años después del Mundial de México, el capitán argentino reconoció que aquel partido de 1986 no había sido uno más. Aunque los jugadores intentaban repetirse que solo se trataba de fútbol, sabían que detrás estaba muy presente lo sucedido cuatro años antes en las islas.
Maradona llegó a definir aquella victoria como una pequeña revancha deportiva por los jóvenes argentinos que habían muerto en la guerra. No porque un partido pudiera equipararse con un conflicto armado, sino porque durante 90 minutos la selección cargó con una emoción que pertenecía a todo un país.
Jorge Valdano, también integrante de aquel equipo campeón, planteó una mirada más reflexiva. Advirtió que una guerra nunca podía compararse con un partido, pero reconoció que, en términos simbólicos, para Argentina habría sido muy difícil soportar una derrota frente a Inglaterra.
Osvaldo Ardiles vivió aquella guerra desde una posición especialmente dolorosa. Campeón mundial con Argentina en 1978, jugaba en el Tottenham inglés cuando comenzó el conflicto. Además, su primo José Ardiles, piloto de la Fuerza Aérea Argentina, murió durante una misión en las islas.
El futbolista quedó atrapado entre dos países. En Argentina algunos cuestionaban que continuara desarrollando su carrera en Inglaterra, mientras que en territorio británico se observaba con atención cualquier declaración que realizara sobre el conflicto.
El paso del tiempo no eliminó esa carga. Y lo sucedido durante este Mundial 2026 deja en claro que tampoco se trata de un sentimiento limitado a la generación de Maradona.
Después de la sufrida victoria frente a Egipto por los octavos de final, los futbolistas argentinos festejaron en el vestuario cantando una nueva canción que comenzó a instalarse como el himno de esta Copa del Mundo.
La letra une varios de los grandes símbolos de la selección y de la identidad argentina: recuerda a Maradona, menciona el último Mundial de Lionel Messi, expresa el deseo de conquistar la cuarta estrella y comienza con una referencia directa a las islas: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”.
El video de los jugadores cantando fue difundido incluso por las cuentas oficiales de la Asociación del Fútbol Argentino. Emiliano Martínez, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister y Lisandro Martínez fueron algunos de los integrantes del plantel que aparecieron participando del festejo.
El detalle adquiere ahora una dimensión todavía mayor. La selección comenzó a cantar esa canción cuando Inglaterra todavía avanzaba por la otra parte del cuadro y existía la posibilidad concreta de encontrarse en semifinales.
No significa necesariamente que el canto haya sido creado como una provocación hacia los ingleses. La referencia a Malvinas forma parte desde hace décadas del repertorio popular y futbolístico argentino. Pero demuestra que la causa sigue presente dentro del plantel y que continúa asociada emocionalmente con la selección nacional.
Para Inglaterra, la semifinal será un duelo enorme, cargado de historia futbolística, polémicas y eliminaciones dolorosas. Para Argentina tendrá, además, una dimensión que nace fuera del estadio.
No será una guerra. No puede serlo ni debería presentarse de esa manera. Pero sí será un partido disputado bajo la sombra de una guerra que Argentina nunca olvidó.

