Por Ignacio Mazzilli. En tiempos de excusas fáciles y discursos vacíos, que un entrenador se siente frente a los micrófonos después de recibir una goleada y hable sin rodeos, no es un detalle menor. Es una señal.
La conferencia de Marcelo Bielsa no fue un acto de supervivencia. Fue, más bien, un ejercicio de responsabilidad. En un fútbol donde muchos se blindan detrás de frases hechas, Bielsa eligió exponerse. Asumió errores, habló de lo que no funcionó y no buscó culpables externos. Eso, para quien quiera leerlo bien, no es debilidad: es carácter.
Lo fácil, hoy, sería subirse a la ola del resultado y pedir cambios urgentes, volantazos, refundaciones. Uruguay ya ha transitado ese camino. Y casi nunca terminó bien. Los procesos serios no se construyen en la euforia ni se corrigen en caliente.
La selección jugó mal, perdió feo y dejó una imagen preocupante. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que no se vio a un entrenador desbordado. Se vio a uno incómodo, probablemente molesto, pero lúcido. Bielsa no defendió el resultado. Defendió una forma de trabajar.
Y en el fútbol uruguayo, eso no es un lujo: es una rareza.
Cuando un técnico empieza a hablar de “vergüenza” y de “responsabilidad propia”, no está huyendo. Está marcando una línea. El problema no es que el equipo haya tocado fondo una noche. El problema real sería no tener a nadie al mando dispuesto a mirar de frente ese fondo.
Bielsa no pidió tiempo. Tampoco pidió paciencia. Lo que hizo fue algo más simple y más difícil: hacerse cargo. Y en un escenario de ruido, presión y urgencia, eso todavía tiene valor.
Después, el fútbol dirá si alcanza o no. Pero hoy, en un ambiente donde muchos prefieren esconderse, Bielsa sigue dando la cara. Y eso, aunque no se diga demasiado fuerte, también juega.

