
Hubo un tiempo en que el fútbol olía a barro, a linimento y a soledad bajo los tres palos.
Un tiempo en el que los arqueros no eran figuras. Eran resistentes. Tipos raros. Distintos. Capaces de pasar de la gloria al infierno en una sola jugada, y de volver a empezar como si nada.
Por eso, que llegue a las librerías El Día del Golero, otro librazo de Jorge Señorans, es una muy buena noticia. Primero, porque se trata de un periodista amigo de la casa. Pero, sobre todo, porque “Seño” pertenece a esa vieja escuela del periodismo que cada vez escasea más: serio, analítico, estudioso.
Es de esos tipos que no escriben por escribir, ni hablan por hablar. Es de esos periodistas que van al hueso, que investigan, que cuidan el dato y que entienden que contar una historia también exige respeto. Una raza que parece en extinción, pero que por suerte todavía tiene exponentes fuertes en el periodismo deportivo de este país.
En tiempos en los que muchas veces el chisme se transforma en noticia, se desmiente después y no pasa nada, Señorans representa otra cosa: el oficio. Y, en definitiva, la honestidad.
Jorge ya tiene en su haber obras espectaculares en cuanto a libros deportivos se refiere. Y El Día del Golero va en esa misma línea.
En este nuevo trabajo, rescata un mundo muy particular a través de historias reales que mezclan épica, locura, nostalgia y ese fútbol que ya no existe, pero que todavía sigue vivo en la memoria de quienes lo jugaron, lo vieron o lo escucharon contar.
Por sus páginas aparecen nombres que marcaron época y otros que sobreviven en la memoria oral del fútbol: Rodolfo Rodríguez, Lorenzo Carrabs, Luis Maidana, Andrés Mazali, Fabián Carini, Luis Barbat, Ever Almeida, Walter Taibo, Rogelio Domínguez, Álvaro Escames, Fernando Baleato y tantos otros que defendieron el arco como si fuera un lugar sagrado.
Hay historias increíbles: un arquero que le atajó un penal a Pelé, otro que jugó con Pablo Escobar, uno que terminó en el arco por accidente y nunca más salió. También aparecen leyendas de vestuario, cábalas, supersticiones y partidos que rozan lo imposible.
Pero más allá de lo insólito, hay algo que atraviesa todo el libro: la esencia del golero.
Y mirá si vale detenerse en eso justo en estos tiempos, cuando Fernando Muslera quedó sentado en la silla de los condenados. Porque el golero es ese futbolista que sabe que el error no se perdona. Ese que entrena para no ser recordado, pero termina siéndolo igual. Ese que muchas veces fue el gran olvidado, hasta que una pelota entra o una mano salva todo.
Con una prosa cercana y cargada de humanidad, Señorans construye un homenaje a esos personajes que sostuvieron el fútbol desde el lugar más incómodo y, quizá, más honesto.
Porque antes de las cámaras, del marketing, de las repeticiones en HD y de los juicios inmediatos, hubo tipos que atajaban por orgullo.
Y algunas de esas historias, por suerte, todavía siguen vivas.
