
Francia volvió a hacer de Francia. No necesitó jugar un partido brillante, ni arrasar, ni pasar por arriba a Marruecos durante los 90 minutos. Le alcanzó con algo que en un Mundial vale oro: saber esperar, no desesperarse y pegar en el momento justo.
El 2 a 0 dejó a Francia en semifinales y bajó del sueño a Marruecos, que volvió a competir en serio, como ya lo había hecho en Qatar 2022, pero esta vez se encontró otra vez con el mismo límite: un rival con oficio, jerarquía y una capacidad enorme para transformar un partido cerrado en una clasificación.
El primer tiempo fue más pelea que fútbol. Marruecos se plantó con orden, le cerró caminos a Francia y durante varios pasajes logró que el partido se jugara donde más le convenía: lejos de los espacios, con poco ritmo y con la obligación del lado francés. Incluso Kylian Mbappé falló un penal, en una señal de que la tarde podía complicarse bastante más de lo esperado para uno de los grandes candidatos al título.
Pero Francia no se cayó. Y ahí estuvo una de las claves del partido. No entró en apuro, no se desordenó, no regaló metros. Siguió empujando desde la paciencia, moviendo la pelota hasta encontrar el lugar, esperando que apareciera esa mínima grieta que los equipos grandes suelen ver antes que el resto.
Y apareció. A los 60 minutos, Mbappé se sacó de arriba el peso del penal fallado con un golazo, definiendo con clase para abrir un partido que hasta ese momento estaba trabado. Fue un golpe fuerte para Marruecos, porque no solo significó el 1 a 0: también obligó al equipo africano a salir un poco más, a abandonar parte de ese plan que venía sosteniendo con tanto esfuerzo.
Seis minutos después llegó el segundo, con Ousmane Dembélé, y ahí Francia terminó de acomodar la historia. En un rato, casi sin despeinarse, convirtió un partido incómodo en una clasificación controlada. Esa es, justamente, la diferencia entre competir bien y competir con herramientas de campeón.
Mbappé, autor del gol que destrabó el partido, salió antes del final algo sentido, aunque la sensación fue que la decisión también tuvo bastante de cuidado y descanso, con la clasificación ya encaminada y pensando en lo que viene. En este tramo del Mundial, Francia sabe que no solo se ganan partidos: también hay que administrar piernas.
Marruecos tuvo empuje en el tramo final, intentó arrimarse, buscó con más ganas que claridad y nunca dejó de pelear. Pero le faltó profundidad, le faltó peso en los metros finales y le faltó ese último pase que transforma una buena intención en una chance real. Francia, en cambio, administró la ventaja con oficio, sin regalarle al rival una vida extra.
El resultado puede parecer simple, pero el partido no lo fue tanto. Francia tuvo que trabajarlo, tuvo que soportar un trámite incómodo y tuvo que encontrar respuestas después de un primer tiempo espeso. Lo hizo porque tiene jugadores distintos, sí, pero también porque sabe jugar estos partidos.
Marruecos se va con la frente alta, otra vez instalado entre los grandes protagonistas del fútbol mundial. Pero Francia sigue. Y sigue con esa sensación conocida: no siempre enamora, no siempre luce, no siempre aplasta. Pero cuando llega la hora de la verdad, casi siempre encuentra la forma.
