Dicen que el fútbol nació para los que no aceptan reglas rígidas. Si eso es cierto, “El Negro” Cubilla debe haber sido la máxima expresión uruguaya.
Luis Alberto Cubilla nació en Paysandú el 28 de marzo de 1940. Fue un puntero rápido, de enorme técnica y picardía a flor de piel, que seguramente los más jóvenes lo recuerden como el entrenador de la selección uruguaya que se peleó con los jugadores que militaban en el exterior.
Pero el sanducero fue mucho más que esa polémica y su carácter cascarrabias. Fue sin dudas unos de los grandísimos exponentes del deporte de Paysandú a lo largo del Siglo XX. Un tipo diferente, que aprendió a jugar escapándose de su casa para ver partidos del fútbol doméstico antes de que la policía lo obligara a volver… con apenas tres años.
Fue el tipo al que muchos resumieron como el único capaz de eludir a un rival en una baldosa. Fue el morocho al que llamaban Rucha de chico, que pasó a ser El Negro, y que terminó siendo sinónimo de Fútbol.

PAYSANDÚ, EL INICIO
“El Negro” nació deportivamente en el Club Atlético Colón, en Paysandú, donde comenzó a conquistar a los hinchas en la divisional de ascenso con sus diabluras.
“Yo nací en el fútbol. En Paysandú, mi ciudad natal, mi familia vivía a tres cuadras de la cancha de la Liga Sanducera, lo que para mí era como vivir en la misma cancha. Tan es así que a los tres años me perdí por ir a ver un partido y me tuvo que traer la policía a mi casa”, contó en su momento a Estrellas Deportivas.
Y recordó, además que “teníamos una barra brava de como 40 chiquilines, que le dábamos a la pelota todo el día. En el barrio se fundó un cuadro, Colón, que se afilió en la segunda división de ascenso en Paysandú. Esa fue la primera camiseta que vestí en mi vida. Yo tenía 11 años, era en 1951, cuando debuté… porque había faltado uno”.
Pero mientras la descosía con Colón, la Blanca no parecía ser su destino. El propio Cubilla dijo al mismo medio que “yo fui citado a la selección cuando tenía 14 años. En una práctica yo estaba jugando con los suplentes y andaba haciendo gambetas por ahí, como me gustó siempre. Entonces resultó que el back titular no le gustó y me quiso pelear. Entonces el técnico paró la práctica y me echó a mí solo, cuando el que había iniciado todo había sido el otro. En ese momento dije que no jugaba nunca más en la selección, y así lo hice”.
Sin embargo, “fui titular de la selección juvenil de Paysandú. A mí me tiraba más el fútbol, pero en el barrio éramos muy unidos y cuando Colón se afilió en básquetbol, allá marchamos todos. Claro que éramos muy pobres. El club cuando podía nos compraba zapatillas, pero muchas veces íbamos a jugar en alpargatas”.
DE PAYSANDÚ AL ESTRELLATO
“El Negro” rompía los ojos. Y era cuestión de tiempo para que se fuera a la capital. Se mostró en Wanderers, pero no había plata; y fue Peñarol fue el que arremetió y se lo llevó, en 1957, con solo 17 años.
Allí, fue pilar de un equipo que escribió con fuego su nombre en las primeras Copas Libertadores (1960 y 1961) y en la Copa Intercontinental de 1961, siendo además cuatro veces campeón uruguayo.

Pero el fútbol siempre quiso más de él: tras una aventura europea con el Barcelona que no resultó como esperaba (“no estaba preparado para el cambio, y el técnico no me quería”, le contó él mismo a la prensa años después), pero que duró más de 50 partidos y una Copa del Rey, regresó a Sudamérica para brillar en River Plate argentino.
No sumó títulos a lo largo de su estadía en filas millonarias, pero hay una anécdota que quedó en la memoria: en un clásico fue protagonista de una trifulca con jugadores de Boca, en la que terminó expulsado… y detenido.
Dos jugadores se trenzaron “y salí hacia ellos como una tromba. Al primero que encontré por el camino (que era Rojitas) le pegué una trompada. Enseguida di un paso atrás para seguirla, cuando me doy cuenta de que todos estaban parados mirándome y nadie se peleaba. Demás está decir que me echaron y además fui preso, me salvó el mismo Rojas declarando que yo había tirado un manotazo y le había pegado sin querer”, recordaría años después.
Y luego llegó Nacional, que lo fue a buscar en 1969. “El Negro” volvió a brillar: el tricolor sumó cuatro títulos Uruguayos con el sanducero en sus filas, pero sumó además su primera Libertadores en 1971, la Intercontinental del mismo año y la Interamericana de 1972.

Pocos hombres pueden decir que ganaron las máximas copas del continente con ambos grandes de Uruguay, pero Cubilla lo hizo. Fue campeón con Peñarol y fue campeón con Nacional, al más alto nivel.
En 1975, el delantero cambió de aire, y se fue al Santiago Morning de Chile, pero volvió a Uruguay en 1976 para otra vez inscribir su nombre con fuego: Defensor, con “El Negro” en sus filas, torció la historia del fútbol uruguayo ya que fue el primer equipo en la historia en cortar la hegemonía de los grandes a la hora de quedarse con el Uruguayo.

LA CELESTE Y EL GRITO DEL PUEBLO
Con la selección uruguaya, Cubilla jugó tres Mundiales: Chile 1962, México 1970 y Alemania 1974. Jugó 31 partidos y festejó 11 goles, pero fue en México quedó para siempre la imagen de su fútbol impredecible que, con una gambeta o una pausa, cambiaba el ritmo de un partido. Fue un símbolo de aquella Celeste que todavía hoy se recuerda con nostalgia.
Después de colgar los botines y romper la hegemonía tradicional ganando el Campeonato Uruguayo con Defensor en 1976, Cubilla se transformó en entrenador; y vaya si transformó equipos.

Su etapa más gloriosa llegó en Olimpia de Paraguay, donde construyó una dinastía: dos Copas Libertadores (1979 y 1990) y una Copa Intercontinental, además de una montaña de títulos locales (10) que todavía hacen temblar a cualquier rival sudamericano de esa época.
Pero… llegó la posibilidad de orientar a la selección uruguaya (1991-1993). Y explotó una de las mayores polémicas de su carrera, no solo como entrenador. La primera competencia que tendría por delante era la Copa América, y anunció que no incluiría a los jugadores que jugaban en Europa (Enzo Francescoli, Carlos Aguilera, Ruben Sosa, Daniel Fonseca y José Herrera), considerando que poco les importaba la Celeste y que se movían por la plata. La guerra incluyó, obviamente, al representante Francisco Casal.
“Yo no puedo convocar a un jugador que gana US$ 20 mil por mes, que tiene las mejores ropas, el mejor auto y que viene para hacerles creer a sus compañeros que es bueno, porque en realidad les hace daño”, había dicho antes de ser designado.
Así nació el término “repatriados” que tanto se escuchó por aquellos años. Los jugadores se plantaron y dijeron que, si no estaban en consideración para la Copa América, tampoco lo estarían para las eliminatorias. El por entonces presidente de la AUF, Hugo Batalla, hizo lo que pudo para acercar posiciones. Pero el ambiente en la selección era irrespirable, así como el rendimiento dentro de la cancha era espantoso.
Lo que pasó es conocido: cesaron a Cubilla, Ildo Maneiro dirigió los últimos partidos en el camino para el Mundial de Estados Unidos 1994, al que por supuesto Uruguay no llegó.

EL FINAL DE UN MAESTRO
“El Negro” dirigió a lo largo de su carrera como entrenador en Argentina, Paraguay, Uruguay, Guatemala, Perú y Ecuador. Su último equipo fue el Tacuary en 2012. Un año después se apagaría su vida tras luchar contra un cáncer, en Paraguay, su segunda casa.
Hoy, cuando se habla de gambetas imposibles, de personalidad intacta y de una carrera construida sobre el amor por el juego, muchos susurran su nombre: Luis Cubilla. No solo fue campeón: fue un revolucionario con pelota en pie, un entrenador maestro de generaciones y, sobre todo, un uruguayo que llevó el nombre de Paysandú a cada rincón del continente y el mundo.
Luis Alberto Cubilla fue tocado por la varita mágica. “Quizás porque éramos muy pobres y buscábamos sobresalir en algo que escapaba a nuestras posibilidades por otros medios, yo siempre jugué porque me gustó el triunfo. Esa fue siempre mi meta, ganar de cualquier manera”, resumió hace años a Estrellas Deportivas.

