Arranca otra vez. Mañana, el pelotón volverá a largar y la historia sumará un capítulo más. Pero antes de mirar para adelante, vale frenar un segundo y mirar para atrás. Porque la Vuelta Ciclista del Uruguay no nació como una carrera: nació como una aventura.
Una crónica de El País del 10 de abril de 1939 lo cuenta mejor que nadie. “A través de caminos casi siempre malos, luchando con inconvenientes de todo orden, los ciclistas uruguayos han probado que se encuentran dotados de condiciones excepcionales para cumplir verdaderas hazañas”. No era una exageración. Era exactamente eso.

La primera Vuelta fue barro, desgaste, errores, coraje. Y, sobre todo, fue el punto de partida de una tradición que atravesó generaciones y se metió en el ADN del deporte uruguayo.
Con el paso de los años, la carrera fue construyendo sus propios héroes. En los años 40 apareció Atilio François, “el León de Carmelo”, dueño de una resistencia fuera de lo común y primer gran dominador de la prueba, con tres títulos consecutivos que marcaron una época.

Décadas después, ya en los 80 y 90, otro nombre se hizo gigante: Federico Moreira. Especialista en la contrarreloj, el salteño llevó la Vuelta a otro nivel y se transformó en el máximo ganador de la historia, con seis títulos. Un récord que, al menos por ahora, parece intocable.

Pero si hay una historia que explica todo, que resume lo que es la Vuelta, hay que volver al principio.
1939: cuando todo era posible (y todo podía salir mal)
El 1º de abril de 1939, a las 15 horas, desde 18 de Julio y Olimar, frente a Radio Sport, largaron 66 ciclistas. Solo 23 terminaron.
No era una carrera como las de hoy. Era otra cosa. Caminos destrozados, lluvia, barro, confusión. Ciclistas bajándose de la bicicleta para seguir a pie. Policías marcando mal el recorrido. Una mezcla de épica y caos.
Y en medio de todo eso, dos nombres: Luis Modesto Soler y Leandro Noli.
Soler fue, sin discusión, el más fuerte. Ganó seis de las ocho etapas. Dominó casi todo. Arrasó. Pero la Vuelta no siempre premia al más espectacular.
La noche previa a una de las etapas clave llovió fuerte. Los caminos quedaron intransitables. En ese contexto, Soler perdió más de media hora. Irrecuperable.
Ahí apareció Noli.

Sin necesidad de ganar etapas, corrió con inteligencia. Se metió siempre en el pelotón, cuidó cada segundo y aprovechó el momento justo. Cuando cruzó la meta final, se quedó con la general con una ventaja de más de cinco horas sobre su perseguidor.
Noli, que defendía al Club Nacional de Football, se adjudicó aquella primera clasificación general con 33 horas, 0’44”. Y, según el archivo de la época, superó al segundo por más de cinco horas: Paulino García (El Túnel) terminó con 38:09:25 y Luis Soler (Nacional) tercero con 38:29:55.
El primer campeón de la Vuelta no fue el que más ganó. Fue el que mejor entendió la carrera.
El campeón que venía del horno
La historia de Noli tiene todo lo que hace grande a la Vuelta.
No era un ciclista de laboratorio. Era un laburante. Había sido futbolista, jugó de half izquierdo, y pasaba sus días trabajando en el horno de ladrillos de su familia. La bicicleta era, en parte, una forma de escapar.
Y sin saberlo, ese trabajo le dio la clave.
Cuando el barro hacía imposible pedalear, Noli hacía lo que ya sabía: se bajaba, cargaba la bicicleta al hombro y avanzaba por donde podía. Por el pasto, por el campo, como fuera. Mientras otros se frenaban, él seguía.

Esa etapa fue el quiebre. Sacó diferencias enormes. Y construyó un título que todavía hoy se recuerda.
Cuando ganó, se llevó 700 pesos. No hubo vueltas: se los dio a su padre, que tenía problemas económicos. Así de simple.

Una carrera que nunca dejó de ser eso
Pasaron más de 80 ediciones. Cambiaron las bicicletas, los equipos, la preparación, la tecnología. Pero hay algo que no cambió.
La Vuelta sigue siendo una carrera donde no siempre gana el más fuerte. Donde el clima pesa, donde el camino manda y donde la cabeza vale tanto como las piernas.
Mañana empieza una nueva edición. Habrá nombres nuevos, historias nuevas, etapas nuevas.
Pero en algún lugar, entre el viento, el cansancio y la ruta, seguirá estando lo mismo de siempre: un poco de barro, un poco de locura… y esa épica que empezó en 1939 y nunca se fue.


