
España y Portugal jugaron un partido con más tensión que brillo, de esos que no siempre enamoran, pero que pesan. Pesan por los nombres, por la historia, por el cruce, por el Mundial y porque en octavos de final ya no hay margen para el “después vemos”.
Y en ese partido apretado, cerrado, incómodo, España terminó encontrando la llave cuando parecía que todo se iba a la prórroga. Fue 1 a 0 ante Portugal, con gol de Mikel Merino en el tramo final, para mandar a la Roja a los cuartos de final del Mundial.
No fue una España arrolladora, de esas que pasan por arriba al rival con toque, movilidad y control absoluto. Fue una España paciente. De las que no se desesperan aunque el partido no se abra, aunque Portugal le cierre caminos, aunque el reloj empiece a jugar también. Tuvo la pelota, intentó juntar pases, buscó a Lamine Yamal para romper por afuera y encontró en Pedri, Rodri y Dani Olmo esa zona desde la que suele ordenar sus partidos.
Portugal, en cambio, jugó sabiendo que no podía regalarse. Con Cristiano Ronaldo como capitán y referencia, el equipo de Roberto Martínez tuvo momentos, intentó salir rápido y buscó lastimar cuando encontraba espacios. Pero no logró sostener ataques largos ni incomodar a España durante demasiado tiempo. Aparecieron algunos remates, alguna llegada clara, pero también la sensación de que el partido se le iba quedando cada vez más lejos.
En el primer tiempo se vio lo mejor del duelo en cuanto a ritmo. España tuvo chances, obligó a Diogo Costa a trabajar y dejó claro que, aun sin desbordar de fútbol, era el equipo que mejor entendía cómo quería jugar. Portugal respondió con empuje, con algún intento de Cristiano y con Nuno Mendes como una de sus cartas más peligrosas, al punto de estar cerca de abrir el marcador.
Pero el clásico ibérico se fue cerrando. La segunda parte tuvo más nervio que juego. Portugal se replegó, España siguió buscando, y cada ataque empezó a tener ese ruido de partido grande: una pelota perdida podía costar un Mundial.
Cuando la prórroga ya aparecía en el horizonte, llegó el golpe español. Ferran Torres filtró la pelota y Mikel Merino definió para el 1 a 0 que cambió todo. Un gol de esos que no dejan tiempo para demasiadas explicaciones. Portugal intentó reaccionar, empujó con lo que le quedaba y España se abrazó a la ventaja con oficio.
El final dejó dos imágenes fuertes. España celebrando el regreso a cuartos de final de un Mundial después de mucho tiempo, y Portugal despidiéndose con la duda inevitable alrededor de Cristiano Ronaldo, que pudo haber jugado su último partido mundialista. No fue una despedida de película, ni una noche de gloria. Fue un partido duro, mezquino por momentos, definido por un detalle.
España no brilló, pero compitió. Y en estas instancias, muchas veces eso vale más que cualquier discurso. Supo esperar, no se rompió, no se apuró y encontró el golpe justo cuando el partido pedía carácter.
Portugal se quedó afuera porque no pudo transformar sus momentos en daño real. España sigue porque tuvo paciencia, calidad y una aparición decisiva cuando el reloj ya empezaba a anunciar otra media hora de sufrimiento.
En los Mundiales, ganar así también cuenta. Y a veces cuenta más.
