
Hay recuerdos que el fútbol uruguayo acomoda como le sirve. Los limpia, les pone música de épica, les agrega una caravana, un penal picado, dos lágrimas y después los presenta como si siempre hubieran sido así.
Pasa con Sudáfrica 2010. Hoy se habla de aquel Mundial como si Uruguay hubiera viajado envuelto en una fe popular indestructible. Como si el Maestro Tabárez hubiera tenido respaldo absoluto. Como si el ambiente hubiera sido una fiesta desde antes del debut. Como si todo el mundo hubiera visto venir lo que después terminó siendo una de las páginas más lindas de la historia reciente de la Celeste.
Pero no. No hay que hacerse los distraídos. El 2010 no empezó con épica. Terminó con épica. Que es bastante distinto.
Antes de los goles de Forlán, antes de la mano de Suárez, antes del penal del Loco Abreu, antes del cuarto puesto y de la rambla capitalina llena esperando a la selección, de las caravanas en el interior del país, Uruguay había llegado al Mundial por repechaje, con más alivio que euforia, con más dudas que certezas y con un ambiente bastante parecido a ese que hoy algunos describen como insoportable.
Se dudaba del equipo. Se dudaba del juego. Se dudaba del entrenador. Se dudaba del techo. Se hablaba de sufrimiento, de falta de fútbol, de poca generación, de dependencia de las individualidades. El grupo con Francia, México y Sudáfrica parecía una montaña demasiado alta. Pasar de fase ya era, para muchos, un negocio bárbaro.
Después la historia cambió. Porque la pelota, por suerte, tiene esa mala costumbre de no obedecer del todo al clima previo.
Por eso vale la pena mirar lo que está pasando hoy, a horas de que la selección uruguaya de fútbol enfrente el último partido del Grupo H del Mundial 2026.
Uruguay llega al partido con España rodeado de ruido. Mucho ruido. Demasiado, tal vez. La selección empató con Arabia Saudita y con Cabo Verde, quedó en deuda, se complicó sola y llega a la última fecha con la obligación de jugar un partido grande. Todo eso es cierto. No hay que maquillarlo. La Celeste pudo no haber estado a la altura de lo que se esperaba en los dos primeros encuentros y Marcelo Bielsa, como cualquier entrenador, puede ser discutido.
Pero una cosa es discutir y otra es velar. Una cosa es analizar errores y otra muy distinta es hablar como si España ya hubiera ganado. Como si Uruguay ya estuviera afuera. Como si mañana fuera apenas el trámite formal de una eliminación que algunos parecen tener escrita desde hace días.
Ahí está el punto. El periodismo no está para hacer propaganda. Tampoco para aplaudir por costumbre. Criticar está perfecto. Preguntar, incomodar, señalar errores y marcar contradicciones es parte del oficio. Pero el análisis pierde fuerza cuando se transforma en sentencia anticipada. Y pierde todavía más cuando se apoya en una nostalgia bastante tramposa.
Porque ahora se extraña el orden de Tabárez, pero durante años se le pegó a Tabárez por demasiado ordenado. Se extraña la prudencia, pero se criticaba la prudencia. Se pide sentido común, pero antes se reclamaba audacia. Se pedía modernización, presión, intensidad, renovación, otro ritmo. Llegó Bielsa, con todos sus excesos y sus riesgos, con la obligación de la renovación, y ahora parece que la solución fuera volver al refugio de lo conocido.
No se trata de elegir entre Tabárez y Bielsa como si fueran dos veredas enemigas. Sería una discusión pobre. Tabárez reconstruyó la selección, le devolvió pertenencia, respeto y seriedad, con material que durante décadas no se tuvo y hoy no se tiene en cuanto a individualidades. Bielsa llegó a otra etapa, con otra generación, con otro libreto y con otra forma de entender el juego. A los dos se los puede valorar. A los dos se los puede cuestionar.
El problema es más nuestro que de ellos.
En Uruguay tenemos una facilidad bárbara para demoler procesos antes de que terminen de hablar en la cancha. Y también tenemos otra costumbre: después, si sale bien, acomodamos el recuerdo. Y si sale mal, hay que tirar todo por la borda. Lo que era duda pasa a ser convicción. Lo que era crítica pasa a ser “yo siempre confié”. Lo que era palo se transforma en épica compartida.
Pasó en 2010. Nadie dice que vaya a pasar ahora. Nadie puede prometer que Uruguay le va a ganar a España. Sería absurdo. España es una potencia, llega mejor y tiene argumentos de sobra para mandar a la Celeste de vuelta a casa. Uruguay, además, no está en condiciones de hacerse el distraído: defendió mal, no sostuvo momentos, dejó puntos por el camino y ahora paga el precio.
Pero estar complicado no es estar muerto. Uruguay todavía tiene un partido. Todavía tiene camiseta. Todavía tiene futbolistas capaces de cambiar una noche. Todavía tiene historia en cuanto a recuerdos recientes de este mismo plantel. Y, sobre todo, todavía tiene derecho a jugar antes de que lo entierren.
Si pierde, habrá tiempo para pegar. Y habrá que pegar donde corresponda. Habrá que hablar de Bielsa, de los jugadores, de los planteos, de los cambios, de los errores y de todo lo que haya que hablar. Pero si gana, también habría que hablar de otra cosa: de la cantidad de lápidas que estaban prontas antes de que la pelota se moviera.
Sudáfrica 2010 no debería usarse como postal cómoda para pegarle al presente. Habría que recordarlo completo. Con el final feliz, sí. Pero también con la previa incómoda. Con las dudas. Con el descreimiento. Con el “no nos da”. Con el “pasar de fase ya sería suficiente”. Con todo eso que después quedó tapado por la emoción.
Porque el 2010 que hoy se extraña también nació bajo palos. Y capaz que antes de comparar tanto, conviene hacer memoria en serio.
Uruguay juega contra España. Difícil, durísimo, enorme. Pero juega. Y mientras esté jugando, todavía está vivo.
